Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas, por Melanie Joy

La autora de este libro nos presenta el Sistema carnista, es decir, la ideología y prácticas en la sociedad que permiten la explotación de los animales para el consumo humano. Este sistema hace que la relación que establecemos con el resto de animales esté condicionada. No escogemos qué animales comemos y cuáles no por motivos lógicos, ni por sus características físicas, sino que aceptamos unas premisas que nos vienen culturalmente impuestas.

Para poder ejercer la violencia sobre los animales a la que se ven sometidos en este sistema, es necesario que no seamos plenamente conscientes de lo que ocurre. Por ello, el sistema se encargará mediante diferentes herramientas ideológicas y físicas de ocultarse.
Este es el caso de toda la justificación que se ha construido alrededor del hecho de comer carne. Esta acción se nos presenta como algo moralmente neutro, algo que es Natural, Normal y Necesario –las 3 N del carnismo, falacias justificadoras-. Además, atribuimos características negativas (y erróneas) a los animales que nos comemos –no son empáticos, son sucios, son tontos y holgazanes- para evitar empatizar con ellos, pues de otra forma no seríamos capaces de comérnoslos.

Una forma muy efectiva de evitar empatizar con los animales considerados “de granja” es lo que la autora denomina como triada cognitiva:
– Cosificarlos: se perpetúa y refuerza mediante el lenguaje, por ejemplo, desconectando la carne con el animal del que proviene, no decimos cerdo sino bacon. La cosificación se materializa mediante la legislación, ya que los animales son considerados y tratados a nivel legal como propiedades. (En este punto hacemos una pequeña matización, pues no sólo se trata de una cosificación, sino que la carne de los animales es producto de un sistema de producción capitalista, en el que la carne, como producto final, es totalmente separado de su proceso de producción, lo que se conoce como fetichización de la mercancía. De esta forma, al consumir los productos, no podemos establecer ninguna conexión con los animales, trabajadores, y demás condiciones de explotación del proceso de producción).
Desindividualización: es una abstracción de los animales en la que concebimos a seres individuales únicamente en términos de identidad de grupo únicamente. Un ejemplo de esto es el uso de números para los animales (como si fueran mera mercancía).
Dicotomización: se refiere al establecimiento de las dos principales categorías de animales que se manejan en el sistema carnista, comestibles y no comestibles. Estas categorías instauradas en base a información escasa o errónea facilita la justificación a partir de premisas falsas.

Además, estas herramientas psicológicas están totalmente amparadas institucionalmente y por figuras consideradas de autoridad, como científicas o educadoras. Pero las primeras interesadas en perpetuar el sistema carnista y la masacre animal son las empresas agroganaderas.

Estas empresas son tan poderosas que manipulan a su favor la legislación, los medios de comunicación y difuminan la línea entre lo privado y el ámbito público (gubernamental) mediante sobornos o las conocidas puertas giratorias.

Son narrados también algunos de los muchos horrores a los que están sometidos los animales no humanos en este sistema carnista, desde las castraciones marcajes y descuernes sin anestesia que sufren los terneros, las deformaciones, roturas y dolor crónico de las patas de los pollos y los pavos al ser obligados a engordar a un ritmo tan frenético (para hacernos una idea, el engorde de estos animales en correspondencia con el ser humano sería como si un niño de 2 años pesara 158 kg) hasta los prolapsos uterinos y traumas emocionales de gallinas y vacas respectivamente.

Pero, aunque obviamente los animales no humanos considerados alimento son los que más sufren este sistema, no son los únicos. Los daños colaterales que esta industria genera en los trabajadores son inmensos. Aparte de sufrir enfermedades respiratorias y disfunciones reproductivas y neurológicas, muchos sufren trastornos post-traumáticos, adicciones a drogas y están relacionados con episodios de violencia a todos los niveles, especialmente violencia machista. Las condiciones laborales en los mataderos son tan duras que este trabajo es considerado el trabajo industrial más peligroso y violento en EEUU.

Las personas que viven cerca de las explotaciones ganaderas sufren numerosas intoxicaciones y enfermedades crónicas, así como los consumidores de carne, al ingerir hormonas sintéticas, pesticidas, herbicidas y fungicidas tóxicos, antibióticos, cepas de microorganismos potencialmente mortales y carne contaminada con heces, tierra y pelo.

Y por último tenemos al planeta, fuertemente contaminado por esta industria, que causa pérdida de biodiversidad, deforestación, erosión,… El 70% de la superficie del Amazonas que ha sido convertido en cultivo está destinado a la alimentación de ganado.

En definitiva, el sistema carnista no beneficia más que a quienes se enriquecen a costa de la explotación animal y humana poniendo por delante en todo momento el beneficio económico. Y no está aislado del resto de sistemas e ideologías opresivas, sino que se entrelaza con éstos y se retroalimentan.